Genoveva y Rosa en APRECIA, escribiendo en lenguaje braille con un punzón y su regleta. (PIEB)
Genoveva y Rosa en APRECIA, escribiendo en lenguaje braille con un punzón y su regleta. (PIEB)

Con una única escuela pública para ciegos en el municipio de La Paz, su ubicación puede ser determinante para decidir si continuar o suspender los estudios. A Rosa le pasa algo así, ella tiene 24 años y este 2017 cursa la primaria en una escuela nocturna para adultos. Sus tareas y ejercicios los escribe en Braille, pero debe ir con regularidad a APRECIA por las mañanas para reforzar su educación y que traduzcan sus prácticas a escritura en tinta para la escuela nocturna.

«Es muy lejos venir aquí. No quiero venir, ya no quiero ir al cole tampoco, la profe no me entiende lo que escribo en Braille, sí o sí tenemos que venir aquí. Ella (profesora) quiere leer con sus ojos, no quiere que yo se lo lea pues», dice Rosa, abandonando por un momento la escritura con su regleta y punzón.

APRECIA no tiene primaria y secundaria, está diseñada para atender por programas: independencia personal e independencia social, además de un apoyo escolar a estudiantes de todos los niveles, incluido el universitario.

Cuando el dueño del local donde funcionaba APRECIA decidió vender su propiedad en mitad de la gestión escolar, los maestros, estudiantes y madres de familia salieron a protestar frente a la Alcaldía, pero no tuvieron otra opción que agarrar sus pertrechos y buscar otro “establecimiento”.

Después de las protestas, el alcalde Luis Revilla visitó la escuela para comprometerse a un proyecto de grandes magnitudes. Inmediatamente sus subalternos alquilaron la planta baja de una casona cerca del mercado Rodríguez donde improvisaron aulas y habilitaron una casucha enclenque para los estudiantes y participantes.

Así que Rosa está obligada a atravesar casi a diario el caótico centro de la ciudad para llegar a APRECIA, del brazo de sus compañeras de internado y de estudios, ciegas como ella, hacer tareas y recibir el apoyo de los maestros.

La profesora Adela Machaca es una de tres maestros de apoyo educativo, lo que implica transcribir en tinta las tareas y prácticas escritas en Braille por estudiantes de primaria y secundaria, de nivel técnico y superior, así como reforzar su educación formal.

Genoveva y Rosa en APRECIA, escribiendo en lenguaje braille con un punzón y su regleta

“La atención es individualizada, (pero) el tiempo no nos alcanza para transcribir toda la tarea para que la profesora pueda ver”, dice Machaca. Otro trabajo de los maestros de apoyo es convertir textos universitarios en audiolibros, con ayuda de programas informáticos piratas.

El problema para la profesora Machaca se agrava cuando cinco o seis estudiantes deben trabajar en una habitación de 2×3 metros con ella o en una casucha con techo de calamina, que en tiempo de lluvias hace imposible la concentración, por el ruido y las goteras.

Sin infraestructura propia

En el municipio se dice que el director de la Unidad de Educación de la Alcaldía de La Paz, Carlos Sotomayor, maneja una cartera de proyectos para los centros de educación especial. Él prefiere derivar esa explicación a uno de sus subalternos, pero el designado Yecid Coyo, técnico de la Unidad de Gestión Educativa y Servicios Pedagógicos, se excusa porque simplemente no tiene esos datos.

Sotomayor también es esquivo con los directores de APRECIA y del Centro “Huascar Cajías”, quienes han ido varias veces a esperarlo a su oficina sin éxito. Los directores dicen lo mismo que Coyo: el municipio está en proceso de identificar un terreno y luego, tal vez el próximo año, hará una proyección para una infraestructura que aglutine a todos los centros actualmente dispersos por la ciudad.

Lo seguro es que el proyecto de un “centro de formación para personas con capacidades diferenciadas” está en el largo plazo del Plan Integral La Paz 2040, dicen el funcionario municipal.

Eso implica que el próximo año los estudiantes y participantes de estos centros continuarán tratando de educarse en habitaciones improvisadas, aulas estrechas sin iluminación ni ventilación, maestras sobresaturadas de labores y la amenaza permanente de un dueño de casa que tenga mejores planes para su propiedad.

Y si el municipio no responde en materia de infraestructura, ¿cómo les va con el Ministerio de Educación? El director de APRECIA, Eduardo Huallpara, dice: “Tenemos 22 años de servicio y no tenemos portero. Se ríen las autoridades, cada año me hacen llenar formularios de priorización de ítems…, solicito profe de música, profe de educación física y portero, ¡y no hay!”.

La situación es idéntica en el Centro “Huascar Cajías” donde han “solucionado” ese problema con la incorporación de un maestro de educación física jubilado que hace un voluntariado.

La falta de maestros o, visto de otra forma, la saturación de alumnado en la escuela pública es otra razón para rechazar a los estudiantes con discapacidad. “En la escuela pública entran 40 (niños) por curso, cada niño con discapacidad vale por 5 (sin discapacidad). Si mi hija entra, cuatro niños no entran. (Nos dicen que) no podemos quitar el espacio a otros niños”, dice Maricruz, una madre que lleva a su hija de 8 años al “Huascar Cajías”.

Las madres no saben de dónde salió esa medida de 5 por 1. Lo cierto es que los «Lineamientos curriculares y metodológicos de educación inclusiva», del Ministerio de Educación, dicen que debe haber “hasta un máximo de 5 estudiantes por un maestro de apoyo en el nivel inicial y hasta por lo menos el tercer grado de primaria”. Para la secundaria o educación superior la medida es de 8 estudiantes.

Pero pocos son los estudiantes con discapacidad que llegan a la secundaria. En 2012, el Ministerio de Educación verificó que un 1,9 % avanzó a ese nivel.

Rosa está en esa disyuntiva. El tiempo y las distancias son determinantes para ella. Por ahora se apoya en el bono anual para personas no videntes, pero ha dejado a sus tres hermanos menores en Viacha, sin custodia, mientras estudia en La Paz de lunes a viernes. Nancy y Genoveva, sus compañeras en el internado Santa Cecilia y de estudios, son menos pesimistas porque quieren seguir estudiando, pero de ninguna manera se subirán a un minibús para acercarse siquiera a APRECIA porque temen perderse en la ciudad si el chofer olvida, como suele suceder, anunciarles la llegada a su destino.

LA PAZ/Tomado del PIEB

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