Eduardo Pérez Iribarne
Eduardo Pérez Iribarne

Miércoles 6 julio 2016

                        La dignidad es fortaleza humana de carácter espiritual y de manejo complicado. La dignidad exige actitudes desafiantes, sobre todo autocontrol. Es decir, saber manejarse con disciplina, sacrificio y misericordia. Los animales no tienen dignidad porque viven en base a instintos. Pueden matarse entre sí. Pero, no pueden asesinar porque sus instintos los dominan.

                        Ser digno no es resultado de aplausos, ni de medallas, ni de reconocimientos ajenos. Es cualidad íntima de cada quien. Es difícil para extraños señalar quién es digno o indigno. La convicción humana señala la actitud correcta. Pero, hay ciertas verificaciones objetivas que pueden determinar la dignidad de cada ser. La mentira es indigna pues se basa en el placer. El  mentiroso pretende engañar a los demás, pero no toma en cuenta que con la mentira se engaña él mismo. Un mentiroso construye su comportamiento en base a su propio egoísmo, es decir, a esa animalidad que todos nosotros cargamos de manera permanente, aunque no la aceptemos. Todos luchamos dentro de nosotros mismos con nuestro demonio particular. Él busca nuestra indignidad al precio que fuere.

                        La dignidad significa respeto. Ese respeto se construye con la verdad. Pero, esa cualidad es poco atractiva hoy en día. Los mentirosos definen, según su propio egoísmo, qué es verdad y qué es mentira. Jesús, hijo de Dios e hijo del hombre, nos interpela, según los evangelios, con estas palabras: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Sus seguidores queremos asumirlas como utopías cotidianas. Los incrédulos buscan  olvidarlas y utilizar las mentiras como autodefensa para así expresar de forma clara al enemigo que cobijan en sus cerebros. ¡Busquemos nuestra propia dignidad humana!

Gracias, epi

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