nota28923_imagen25951Como si de una sentencia celestial se tratase, pero acarreando consigo una tardanza de más de ochenta años, finalmente un presidente de la Norteamérica más vecina, aterrizó en nuestras tierras. Coincidiendo, caprichosamente, con la entrada, ya casi tardía y fuera de temporada, de un moroso frente frío. Para algunos, eso fue una señal de buena suerte. Como una bendición yoruba.

El agua limpia el camino, dicen todavía los más viejos. Lava lo sucio. Refresca un poco el ambiente. ¡Pero es que la Habana se pone tan fea cuando llueve! La gente duda en salir a la calle, la electricidad parpadea, se hace oscuro más temprano, los baches retienen una suerte de líquidos putrefactos y los edificios, sobre todo los más antiguos, te observan desde ese temor perenne, adquirido por el maltrato y cuidado, de venirse abajo arrasando vencimientos. O vidas. Y sueños.

La gran mayoría tuvo que contentarse (si es que así puede catalogarse el efecto) con ver el recibimiento a través de la televisión. Bueno, o mediante lo poco que mostraron de ello. En casa del pobre, la alegría es escasa. Y se raciona a mares.

A diferencia de otras visitas importantes, aquí estuvo claro el primer mensaje. No fue a agasajarlo el jefe de núcleo. Para eso, mandó a su edecán. ¡Que abra la puerta el mayordomo! “Con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero, pero sigo siendo el rey…y mi palabra es la ley”.

A algunos nos pareció indecente, descortés, salobre. Luego nos embutieron con un documental sobre un personaje histórico, desconocido, pero rabiosamente patriótico, de la época de la colonia. Seguido por cortos musicalizados, bastante mal editados, sobre la vida de algunos animales de la campiña cubana. Ya en la propia expectativa por el arribo del Air Force One, parecían estarnos anunciando, la orden irrestricta de restarle cualquier importancia al magno hecho histórico.

La espera fue “amenizada” con la retransmisión de un antiguo programa, donde Chichita, una viejita campesina, de no sé sabe dónde, nos enseñaba nuevamente, una vez más, la ciencia y paciencia de cómo había criado a un almiquí.

O a una especie de jutía, o criatura por el estilo. Algo surrealista, absurdo y sin sentido. Como jugando y experimentando con el ansia ajena. Lo que han hecho y anulado desde hace mucho. Siempre. Ni el mejor García Márquez superará jamás esta “macondiana” realidad que padecemos.

Todo el mundo ávido en querer saber aún más detalles del sustancial arribo, al tiempo que la información oficial se orientaba por la tangente, enfocaba vereda por camino, se hacía de la vista gorda, desviaba la atención para otra parte.

Juan Carlos Cremata/La Habana, Cuba, especial para Fides