Eduardo Pérez Iribarne.
Eduardo Pérez Iribarne.

12 Octubre 2015.

 La política en general, y de forma específica también en Bolivia es una fábrica de intolerancia. No hay respeto y con frecuencia la violencia verbal se convierte en la moneda cotidiana de unos contra otros.

No importan argumentos, cifras, contradicciones, especulaciones, actos de corrupción, esa actividad multiplica enemistades, odios, peleas, mentiras y por ende las pasiones más bajas.

Por ello, pese a su atractivo económico, cada vez con más frecuencia en el mundo van apareciendo personalidades que prefieren abstenerse de esa actividad, pese a las proclamas de que la política es un servicio a la gente. No descarto que pueda tener esa característica en teoría, pero su práctica frecuente es demasiado cruel y generalizada para que, pese a las excepciones existentes en algunas partes, la actividad política se vaya ganando el rechazo ciudadano paulatino.

Encuestas de Opinión Pública en diferentes países expresan de manera creciente el desencanto social en relación a la política. Las gentes lamentan las falsas verdades, las  falsedades, las prepotencias, las deslealtades, las corrupciones de muchos políticos sin que la autocrítica, la reflexión, el análisis, el estudio, la serenidad y el golpearse el pecho logren cambiar el sentido actual de la política en muchas partes del planeta, aunque no en todas. Hay políticos eficientes y honestos, pero identificar a uno de ellos es como encontrar una aguja en un pajar.

El principal delito de la política es su ambición por acumular riqueza y el dinero desde siempre ha sido y es el verdadero infierno humano, construido sobre los odios de los unos contra los otros.

Gracias, epi

 

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