La bolsa de valores de  Shangai. (Lab. Económico)
La bolsa de valores de Shangai. (Lab. Económico)

Se estaba mascando. En el ambiente latía la sensación de que el cóctel de China y las materias primas se le podía indigestar al mercado en verano. En especial, era el gigante asiático el que más recelos inspiraba. Y justo eso es lo que ha ocurrido, que Pekín he prendido la mecha de otro agosto caliente en el universo financiero.

La fiesta comenzó realmente el 11 de agosto, que fue cuando las autoridades chinas sorprendieron al ejecutar la mayor devaluación de su divisa desde 1994 y al anunciar que la desvinculaban del dólar para que su tipo de cambio esté más conducido por las fuerzas del mercado. Más allá de la magnitud del movimiento -la pérdida de valor contra el dólar fue del 2%-, esta maniobra fue interpretada como un síntoma de que las cosas en la economía china estaban peor de lo que se decía. Y teniendo en cuenta que el gigante asiático aporta el 13% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial y que sus actos tienen serias consecuencias en las materias primas y el comercio internacional, el mundo económico se puso en guardia.

A partir de ahí, la volatilidad ha marcado la pauta en los mercados. En especial, en la sesión del 24 de agosto, la más nerviosa y convulsa de los últimos años, hasta el punto de que en algunos momentos en los que las caídas se acercaron incluso al 10% se evocaron las sensaciones de la quiebra de Lehman Brothers en 2008.

Aunque agosto ofrece el terreno propicio para la inestabilidad en los mercados, porque hay menos inversores y menos dinero y por tanto más probabilidad para que se produzcan saltos más bruscos en los precios, lo cierto es que lo visto en las últimas semanas tiene el sustrato suficiente como para tomárselo en serio. Porque no es solo China. También afecta a otros emergentes, como Brasil, Rusia o Turquía, y a los países productores de materias primas, desde Noruega o Canadá hasta Arabía Saudí o Irán. En total, hasta el 40% del PIB mundial se está viendo golpeado ya por este último coletazo de la crisis o está sintiendo sus primeros efectos. Y por esta vía retroalimenta la caída de las materias primas. Y restará pujanza a la recuperación mundial y al comercio internacional. Y hasta está reactivando otro temor, el de que el mundo sufra un brote deflacionista. Por lo que pueda ocurrir, vuelven las reclamaciones para que los bancos centrales acudan prestos al rescate para evitar que los problemas vayan a más.

Se desató en EEUU, luego acampó en la Eurozona y esta crisis amenaza ahora con castigar al mundo emergente, con China como estandarte. Con estas credenciales llega septiembre. El mes en el que la Reserva Federal (Fed) empezó a rebajar los tipos de interés en 2007; el mes en el que Lehman quebró en 2008; el mes en el que la Fed lanzó su tercer programa de expansión cuantitativa (QE3) y en el que el Banco Central Europeo (BCE) presentó su programa condicionado de compra de deuda (OMT) en 2012; el mes en el que la Fed aún no se atrevió a reducir el QE3 en 2013; y el mes en el que el BCE rebajó los tipos al mínimo histórico del 0,05% y anunció que iba a empezar a comprar deuda privada en 2014. Como para no tomárselo en serio en 2015.

LA PAZ/ Agencias

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