El vínculo del Ekeko con el agua tiene un principal significado en la tradición oral de los pueblos, es un elemento –el recurso hídrico– importante para la siembra y la cosecha, la fertilidad de la tierra y la abundancia de la producción, ése es otro de los aspectos que lo relacionan con la fertilidad.
Pequeñas imágenes arqueológicas de plata y cerámica, desnudas y corcovadas que representan al Ekeko, llamado el dios Tunupa, fueron halladas en Tiwanaku.
Mientras que otras con las mismas representaciones y esculpidas en piedra y más se encontraron en 1942 en la isla del Sol. Este hecho hace suponer –a varios arqueólogos– que en el sitio ceremonial del lago sagrado, el Titicaca, existió un templo dedicado a la deidad andina durante la época prehispánica.
Una de las referencias escritas sobre el Ekeko y su relación con Tunupa (dios andino) aparece en el diccionario de Ludovico Bertonio de 1612: “Ecaco-Thunupa, nombre de uno de quien los indios antiguos cuentan muchas fábulas y muchos aún en estos tiempos las tienen por verdaderas y así sería bien procurar deshacer esta persuasión que tienen, por embuste del demonio. Ecaco hombre ingenioso que tiene muchas tracas (entendiéndose que cumplía varias funciones)”.
El arqueólogo boliviano (fallecido) Carlos Ponce Sanginés considera, en su obra “Tunupa y Ekako”, que el origen del Ekeko es prehispánico porque se descubrieron varias esculturas de piedra con su descripción que fueron elaboradas por los habitantes de Tiwanaku.
El músico e investigador Ernesto Cavour, en su obra “Alasitas”, hace referencia a figuras antropomorfas y zoomorfas en piedra, barro y hasta oro pertenecientes a culturas que al parecer se asentaron en los actuales territorios de los departamentos de La Paz, Oruro y Potosí.
Señala que las esculturas están realizadas en piedra negra basalto (extraída de minas prehispánicas a orillas del lago Poopó) y en andecita procedente de la península de Copacabana, en el lago Titicaca.
Algunos historiadores mencionan que desde la época tiwanacota hasta el siglo XVIII, el Ekeko estuvo invisibilizado. Entre 1572 y 1575 surgió una extirpación de idolatrías por la llegada de los españoles, el rey Francisco de Toledo prohibió la existencia de cualquier imagen de deidades en tejido, cerámica y otro material.
El escritor Antonio Díaz Villamil, en su libro “Leyendas de mi tierra” nos relata sobre la aparición de la imagen del Ekeko en el cerco a la ciudad de La Paz, en 1781, como quien había provisto alimento para los indios y españoles.
En agradecimiento, el gobernador de entonces, Sebastián Segurola, ordenó la fiesta del Ekeko y la Alasita, el 24 de enero de 1783, en homenaje a la Virgen Nuestra Señora de La Paz. También pidió a su empleado indígena Isidro Choquewanca que trabajara una escultura del pequeño, pero con rasgos españoles de Francisco de Rojas, padre de su esposa.
Al Ekeko o dios de los abundancia, se lo conoce y 0describe –en narraciones antiguas– como un hombre dueño de un pueblo que actualmente existe y está en la cumbre de Sanachi.
Él era jorobado, la giba significa suerte. Predicaba, era como dios. Lo que le pedían, concedía. Su tamaño era pequeño y a su muerte le hicieron su imagen. Enseñaba el uso de yerbas medicinales a los habitantes de la cultura kallawaya.
Existe evidencia de que la creación de objetos en miniatura en épocas prehispánicas era una práctica bastante extendida principalmente entre las culturas de la zona andina.
Según Paredes Candia, las figurillas fálicas y diminutas a las que se refiere Carlos Ponce Sanginés son remanentes de remotas fiestas sagradas del solsticio de verano que se celebra en diciembre dentro del calendario agrícola.
El investigador Arthur Posnansky escribió que en fechas próximas al 22 de diciembre, en Tiwanaku “se realizaban rogativas a las deidades para que les traiga buena suerte, ofreciendo miniaturas de cuanto anhelaban poseer o alcanzar”.
Estas referencias demuestran que la creación de miniaturas estaba muy difundida entre los pueblos prehsipánicos de la zona andina y que originalmente habían tenido un motivo agrícola.
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