CONCIERTO BOLIVIANO DE FIDES
ALASITA: TRADICION BOLIVIANA QUE NO SE EXTINGUE
Por:      Saúl Alejandro Maldonado Pérez


Ekeko


La Alasita
o "cómprame" (en aymara) es la venta de ilusiones de mercancías en "miniaturas" que cada 24 de enero se reproduce como ritual afianzado en la región andina de prosperidad material y fertilidad.

Nacida en el centro ceremonial de Tiwanaku, departamento de La Paz, Bolivia, se ha expandido como práctica comercial ilusoria hacia países como el Perú, Chile, Argentina, Ecuador, Colombia, Venezuela e incluso, Estados Unidos de Norteamérica.

Su referente es el "Ekeko", considerado por los antiguos kollas, habitantes del occidente boliviano, como el Dios Prehispánico de la fortuna, la fertilidad y la prosperidad.

Los orígenes de tan singular personaje han sido establecidos por los especialistas, como Carlos Ponce Sanjinés, en el Periodo Clásico de la Cultura Tiwanaku, entre los años 200 A.C. y 700 D.C. e identificado con Tunupa, antiguo dios del rayo, la lluvia y las manifestaciones geotónicas.
Su antigua relación con la sociedad se establecía a través de la producción agrícola del solsticio de verano, cuando a la figura de cerámica del Ekeko se le cargaba de productos pequeños producidos y extraídos de la tierra como un culto de reconocimiento a sus favores de prosperidad.

La sociedad agraria establecía como una de sus características el intercambio o trueque y esa fue una de las principales connotaciones que dinamizó el actual mercado de la "Alasita".

Hay un dato que mencionan los investigadores acerca de la "Alasita" que indica que en el año 1781, el realista Sebastián Segurola "ordenó una acción de gracias a la Virgen de La Paz", el 24 de enero, por haber salvado del cerco impuesto por las huestes nativas de Túpac Katari a la otrora Chuquiago Marka, así como la fiesta del mercado de la miniatura.


El Ekeko es un ser de sexo siempre masculino que distribuye sus favores a hombres y mujeres sin distinción. Diminuto o enano, de cabeza voluminosa y calva con escaso cabello y pronunciadas patillas cubiertas por un gorro o "chullo" y un sombrero tipo jipijapa, tiene el rostro risueño, vientre abultado, pies pequeños y brazos cortos. Lleva vestimenta de pequeña chaqueta y pantalón corto blanco sujeto por una faja multicolor. Ambos atuendos, virtualmente, desaparecen por el cargamento de infinidad de productos en miniatura.


Es interesante anotar que, desde 1932, en el siglo pasado, se perdieron las referencias de la “Ekeka”, la contraparte del “Ekeko”, muy solicitada antes de esa fecha, ya que en la cosmovisión andina es perceptible la relación de los contrapuestos. La gente “habría asociado” una sucesión de desgracias a la Ekeka como ser los desbordes de los ríos, los cambios climáticos y fenómenos atmosféricos, la iniciación de la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, más propiamente, el invento bélico entre dos empresas transnacionales, la Royal Deutch y la Standard Oil. Desde entonces, prácticamente desapareció la equivalente femenina del diocecillo de la abundancia.


El cargamento del Ekeko es,  según el historiador José D. Mesa, "una magia imitativa" relacionada con las necesidades concretas de los tiempos.

Productos agrícolas, los elaborados y añadidos en valor agregado para satisfacer las necesidades primarias son parte del cargamento del Ekeko; también los utensilios y herramientas relacionados con las distintas profesiones; casas, motorizados, mobiliario; las joyas del boato y ostentación; instrumentos musicales nacionales que delatan el espíritu melómano; pasaportes, títulos profesionales, de especialidad y maestría que asignan rol y status; dinero como medida de valor expresado en bolivianos, dólares y euros; computadoras, scanners, filmadoras, dvds, teléfonos móviles, reproductores de discos compactos, midi compactos, micro reproductores y cámaras digitales como una identificación plena con el mundo de la globalización económica. El cargamento es parte de un inventario material del Ekeko que ahuyenta, en la ilusión, a las desgracias terrenales.

Cada 24 de enero, la habilidad de los artesanos bolivianos, se reitera en una fiesta que tiene su propio espacio en la mezcla del culto a lo religioso y a la superstición.


Y en esa mezcla está a veces lo ilógico. El Ekeko definido como el dios de la fertilidad y la abundancia, desde el año 2002  lleva en su cargamento preservativos o condones que impiden la reproducción. En ese escenario hay dos lecturas: la incorporación de la cultura de prevención y la consiguiente disminución de “una potencialidad mágica”, o es un aditamento más, propio del mundo que nos toca vivir.


En definitiva, el conjunto de la “Alasita” y el Ekeko sin la Ekeka es parte de la tradición que no se extingue y más bien se fortalece con el trabajo de los artesanos y la microempresa.

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