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CONCIERTO BOLIVIANO DE FIDES
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CONFESIONES DE UN BAILARINMuy poco arraigado a participar en las actividades que explosionan en la calle, en las entradas y festividades folklóricas, nuestro entrevistado define a su inserción en una de las principales morenadas de la ciudad de Oruro, como casual, pero de gran significado por la simbología que encierra el llegar a los pies de la Virgen de los Mitayos o “Mamita Candila”, conocida como la Virgen del Socavón o simplemente la Candelaria.
TODO COMENZO EN 2002 O ANTES “No pago absolutamente nada por bailar y estoy exento de las cuotas en mi condición de Socio Honorario. Sólo hay dos Socios Honorarios: Ives de Menorval de la UNESCO y yo. La experiencia tiene un doble sentido, fue y es como si uno tuviese interiormente un laboratorio en el que se redescubre y reestrena una sensación y se adicionan otras para conformar una arquitectura de sentimientos y compromisos. Primero, el estreno en el que la socialización con el grupo induce a prácticas y ritos; segundo la participación en la que se involucra el conjunto de gente que comulga una identidad, una esencia y la propia ritualidad a los dioses protectores andinos, enmascarados en la religión católica. Uno acepta ese sincretismo religioso, lo practica y lo proyecta en un todavía, difuso, mercado cultural. “Es como si se tuviera la constatación de que se recupera la milenaria creatividad colectiva con un sentido, siempre, de futuro”. SE ESTIGMATIZA SIN RAZONAMIENTO “Si tuviéramos la posibilidad de promocionar en serio la cultura boliviana, hace rato ya estaríamos insertos en los mercados culturales y turísticos que generaría considerables ingresos económicos”. “Si no asumimos que la cultura, necesariamente, debe mejorar la calidad de vida, tendremos una vida de museo, de arqueología”. ¿COMO COMIENZA LA JORNADA? Para la fastuosa entrada, me trasladé, siempre, el viernes en la tarde para llegar en la noche a la ciudad de los Urus. Llevé mi traje de Achachi Moreno que representa a un personaje respetable por su trayectoria y los años que le han dado el valor agregado de la experiencia. Cualquiera no puede bailar de Achachi, hay que cumplir ciertos requisitos como los de meritocracia; hay que merecer el puesto. En la noche salgo a respirar e intuir los aires del sábado; me imagino bailando en las calles de una ciudad vínculo del comercio exterior e internacional; en la ciudad de los puertos secos y silos naturales, en aquella que dio lustre al magnate Patiño e inscribió a Bolivia como muy importante en las primeras décadas del siglo pasado. Me imagino llegar al Santuario del Socavón sacándome, al trasponer el umbral, la máscara y agradecer a la virgen morena, a la de los Mitayos, porque en el fondo de mi alma “mitayo soy”. En la caja se introducen también las botas de cuero forradas de terciopelo negro, adornadas con brillos dorados y cordones relucientes; el pantalón o buzo en el que se bordaron dos cóndores, dos sapos y culebras. Alisto los guantes negros. Veo nuevamente mi traje y noto que, en los costados delanteros, hay dos lindos ribetes con la bandera boliviana. Pesa más de 25 kilos. El costo puede superar los 1.000 dólares; pero por ser “amigo del artesano” pagué tan sólo 350 dólares, el año 2003. El año 2005 fue el tercero y reciclé mi traje porque yo no bailé ni bailaré por demostrar poderío económico que no lo tengo, sino por convicción y agradecimiento de haber encontrado un motivo para explicar la precariedad de la vida con sus ángeles y demonios. Otros bailarines esperan durante días, en la calle La Paz de Oruro que les entreguen su traje. Yo me considero un privilegiado pues no tuve sustos ni impaciencias duraderas, incluso, hasta las primeras horas del sábado. RUMBO AL PUNTO DE PARTIDA “Ch´allo” mi traje con gotas de alcohol y en silencio me encomiendo; pido por mis dos pequeños que son el mayor tesoro, por mi familia y mis amigos. Pido por Bolivia y digo: “Llegaré”. Es un momento de sinceramiento; un soliloquio imperdible. Me visto pausadamente. Al interior de las botas echo un poco de alcohol o cerveza para que se ablanden. Ya llegó la hora de salir. Estoy casi vestido. Levanto el cetro y la máscara. En un taxi llegó al punto de partida. Me ubico detrás de un grupo de cholas antiguas. A mi lado dos chinas morenas de similar atuendo, muy sensuales. Ellas maquillaron su rostro y tienen un secreto: “esparcieron en su rostro agua mineral para evitar que el calor diluya el maquillaje”. Se ven muy hermosas; son mi resguardo a los costados. Detrás están dos figuras, las mellizas Valverde, hermosas mujeres que provocan la admiración de todos los varones. Más atrás el bloque de la agrupación Llajtaymanta con sus chinas morenas. IMPERDIBLE, COMO SIEMPRE Comienza la música de la Banda Pagador de Oruro y todos a sus sitios. Me encantan los sonidos de los platillos. “Quisiera ser platillero o intérprete de “la Brujita” con el clarinete de sonido agudo, pero soy Achachi Moreno”. Comienza la entrada; veo la estatua del Jach´a Flores imponente y marcando el ritmo de la morenada. Tomo bríos y hago la promesa y, ojalá no falle, de no ingerir líquido hasta llegar al santuario. La avenida del folklore, la calle Bolívar, la Plaza 10 de febrero, la avenida Cívica y el atrio del Santuario de la Virgen del Socavón son los lugares claves para las demostraciones. La gente aplaude, canta, llora de emoción. Nadie queda indiferente; todos son un coro con diferentes funciones. En momentos en que se detiene la banda que son lapsos convenidos, cantamos todos los bailarines, hombres, mujeres, el público que está en las graderías canciones: “Quiero la felicidad”, “La mentirosita”, “Eres bien bonita”, “Pal J´acha”, “Cha, cha, cha”. Cuando “La Pagador” de Oruro interpreta “La Brujita”, todo el mundo parece tener resortes para bailar y buenas gargantas para cantar. ¿Cómo se mueven las sensuales chinas morenas?. Vaivenes en las graderías, rostros de felicidad. “… Linda brujita bella flor, embrujaste mi corazón, hoy te ofrezco mi amor ante la mamita del socavón, …mi quirquinchito alegre cantará, poncho vicuña te protegerá, a la mujer que me encantó, a la mujer que me embrujó, este cocani amará, Jallala Cocanis”, todos compactan el coro. Llegamos al Santuario. Olor a incienso, flores,a cirios crepitantes. Me ayudan a sacar la máscara. Mi cuerpo está totalmente mojado; mis ojos buscan la imagen. De rodillas hasta el altar. Qué problema el mío: La levita no me permite pasar ante la Virgen de rodillas. Nadie es de fierro y derramamos lágrimas; cada uno en silencio le pide por los suyos. Jallalla Mamita Cantila!!! se escucha con la plegaria a la virgen que amplifica la banda. Es un momento inolvidable; irrepetible por lo menos hasta el próximo año. Valió la pena el esfuerzo si ella, como madre tierra, como Mamapacha, como naturaleza y que bendice antes que castigar, nos permite pasar a su lado como sus hijos. Bailo solo por su bendición y porque la cultura boliviana es grande y muy profunda. En la búsqueda y encuentro con mi propia raíz, dormida en la inmortalidad del barro y la piedra, apoyo el oído sobre la tierra y siento mi propio palpitar. Cuán arraigados estamos a la tierra los bolivianos, hijos del conflicto. 2007: BAILAR POR AGRADECIMIENTO Con mi padre enfrentamos la adversidad. La presión y preocupación de todos los días, y las contingencias, tornaron agobiante sacrificio en la lucha por la vida, en desesperación que invadía cada una de nuestras acciones. “Entonces, solicité, rogué e imploré ante la Virgen del Socavón que pudiese otorgarle el eterno descanso a un hombre que fue estricto consigo mismo, disciplinado en su vida personal y familiar, cariñoso y éticamente ejemplar en sus principios.. Estuve en tres oportunidades en el Santuario de la Virgen rogándole que no sufra más. En fecha viernes 7 de julio, hablé, supliqué desesperado y lloré ante la imagen sagrada. Durante media hora, de manera sorprendente, de esa tarde de viernes, estuve solo (sin persona alguna) en el Santuario. Con la única convicción de que era escuchado, pedí que lo tuviera en su seno, que lo arrulle en sus brazos tal cual lo tiene a su niño y que goce de su infinito cariño. Yo me comprometí a bailar, aunque estuviese de duelo, en agradecimiento.
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